Son las 6:47 de la mañana.

El teléfono ya tiene tres mensajes. Uno del equipo de producción, uno del área comercial, uno que puede esperar pero que igual lees. Te levantas. No meditaste. Tampoco ayer. El café reemplaza al agua. El desayuno es lo que haya en el camino.

Y así arranca otro día al frente de una empresa de 350 personas.

Llevo años hablando de hábitos. Ejercicio, meditación, alimentación, sueño, lectura, estoicismo. Lo digo con convicción porque lo he vivido. Sé lo que se siente operar desde ahí. Lo que se siente tomar decisiones difíciles con el cuerpo descansado, la mente clara y el espíritu firme.

Y en lo que va del 2026, no he hecho casi nada de eso.

No lo digo para quejarme. Lo digo porque creo que la honestidad pública vale más que la imagen perfecta.

El año arrancó con condiciones que no controlo. Y aprendí hace tiempo que preocuparme por lo que no está en mis manos es simplemente otra forma de sufrir. Séneca lo escribió hace dos mil años en sus Cartas a Lucilio, y sigue siendo verdad:

“Sufrimos más en la imaginación que en la realidad.”

Pero las condiciones sí exigen respuesta estratégica. Y eso consume.

El dólar, que hace un año rondaba los $20 pesos, hoy está en $17.50. Para una empresa exportadora que cobra en dólares y paga nómina y operación en pesos, eso no es un dato en una tabla. Es un golpe directo al margen, semana a semana. A eso se suman aranceles de importación en textiles, aranceles de exportación de acero que complican cada negociación con clientes, una reestructura en la dirección ejecutiva de la empresa, y negociaciones sindicales que requieren tacto, tiempo y energía.

Y en paralelo: manufactura. Trescientas cincuenta personas. Donde los procesos existen pero los imprevistos también. Donde el día que planeaste termina siendo el día que resolviste. Donde lo estratégico cede terreno, siempre, ante lo urgente.

Ese es el contexto. No la justificación.

Porque al final, mis decisiones recaen sobre mí.

Y una de esas decisiones, o mejor dicho, la ausencia de ella, es que dejé de cuidarme.

Sigo siendo funcional. Pienso con claridad. Cumplo. Pero conozco la diferencia entre funcionar y operar a mi 100%. Y sé que liderar bajo presión, ser estratégico todos los días, tomar decisiones que impactan a 350 familias requiere estar bien. No solo sobrevivir la semana.

Fue entonces cuando tuve que nombrar lo que estaba pasando.

Burnout.

Sí. Los dueños y directores también lo tenemos. Y se habla mucho menos de lo que debería.

La Organización Mundial de la Salud lo reconoce desde 2019 como fenómeno ocupacional. No es flojera. No es debilidad. Es lo que ocurre cuando el sistema nervioso opera en modo de emergencia durante demasiado tiempo, sin recuperación. Investigaciones referenciadas en Harvard Business Review indican que el 61% de los CEOs considera que gestionar el estrés es esencial para su efectividad. Y según The Burnout-Proof CEO de Boudewijn Mos, emprendedor que lo vivió en carne propia, el 70% de los ejecutivos lo experimenta en algún punto de su carrera.

No eres la excepción. Probablemente eres la regla.Cuando lo miras con distancia, el burnout ejecutivo no es un misterio. Es un sistema que se desgasta.

Jim Loehr y Tony Schwartz lo explican en The Power of Full Engagement con una metáfora que no he podido olvidar: el ejecutivo de alto rendimiento funciona como un atleta. Y ningún atleta entrena sin recuperación. El músculo que nunca descansa no se fortalece, se rompe. Lo mismo aplica a tu energía mental, emocional y física. El problema no es que trabajes demasiado. El problema es que no te recuperas.

Contenido del artículo

Arianna Huffington necesitó desmayarse y fracturarse el pómulo al caer para entenderlo. Howard Schultz tuvo que alejarse de Starbucks antes de poder regresar y llevarlo a otro nivel. Los dos lo reconocen hoy como el punto de inflexión más importante de su liderazgo.

Yo no voy a esperar a caerme.

El Memento mori, esa práctica estoica de recordar que somos mortales, que el tiempo es finito y que cada día cuenta, no es un pensamiento oscuro. Es una brújula. Me recuerda que no puedo darme el lujo de operar por inercia indefinidamente.

Y el Amor fati, amar el destino incluyendo lo difícil, me recuerda que este período no es un obstáculo en el camino. Es el camino. Y tiene algo que enseñarme.

Lo que me enseña hoy es esto: ya sé lo que tengo que hacer. No tengo que inventar el hilo negro.

Solo tengo que decidir.

Primero el sueño.Sin siete horas, todo lo demás falla. La cognición, el estado de ánimo, la capacidad de decidir bajo presión. No hay productividad que lo compense.

Movimiento todos los días. No para el físico. Para el cerebro. El ejercicio es el antidepresivo y el optimizador cognitivo más potente que existe, sin receta.

Agua antes que café.Alimentación como combustible, no como recompensa. El fast food no es el problema cuando pasa una vez. Es el patrón que se instala cuando no hay estructura.

Meditación como entrenamiento de atención. No es espiritualidad. Es la práctica que te devuelve la capacidad de elegir cómo respondes, en lugar de reaccionar en automático.

Bloques de tiempo estratégico inamovibles.Lo urgente siempre va a existir. Si no proteges activamente el tiempo para lo importante, nadie más lo hará.

Si llegaste hasta aquí y reconociste algo de esto en tu propio día a día, el cansancio acumulado, los hábitos abandonados, la sensación de ir a la mitad de tu capacidad disfrazada de ritmo, esto no es señal de que algo está mal contigo.

Es señal de que eres humano. Y de que tu sistema te está mandando una factura.

La pregunta no es si puedes seguir así. Claro que puedes. La pregunta es: ¿a qué costo, y hasta cuándo?

Yo ya tomé la decisión. La pongo aquí, en público, porque la rendición de cuentas también es un hábito.

¿Y tú?

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