Este libro no lo escribí en abril de 2026. Lo escribí toda mi vida. Lo que pasó esa noche en Greensboro fue solo el momento en que por fin se dejó escribir.
Mi mamá llenó mi infancia de libros. No de juguetes. No de pantallas. Libros. Tantos que dejaron de ser objetos y se volvieron paisaje, refugio, mueble vivo de la casa. Hubo épocas, las recuerdo con una claridad casi vergonzosa, en que leía como un maníaco. Días enteros sin levantar la cabeza. Autores que devoraba como oxígeno.
Pasaron las décadas. Y mi sueño guajiro de ser escritor seguía ahí, intacto, sin tocarse. Lo presumía a veces en voz baja, como quien presume un terreno que nunca pisa.
Ni una. Empezaba ensayos, ficciones, memorias, manuales. Todo se moría a las tres páginas. No sabía qué género era yo. No sabía qué tenía que decir. Y cada intento fallido me confirmaba la sospecha más cruel que un soñador puede cargar.
A lo mejor lo de escribir era una pose, no una vocación.
Y entonces vino una etapa que de afuera duró seis meses y por dentro pesó una eternidad.
Decisiones todos los días. Buenas. Malas. Aciertos que celebré en silencio porque no había con quién celebrarlos. Errores que me costaron sueño. Aprendizaje exponencial, de ese que solo da el campo, el que no se enseña en ninguna aula, ni siquiera en las mejores.
Y eso lo digo con respeto: vengo del IPADE, del AD-2 de Monterrey. El rigor académico es el techo, no el piso. Pero ni el mejor caso de Harvard te prepara para la mañana en que tienes que decidir solo, sin manual, con consecuencias reales sobre gente real.
Teorías que defendí con los dientes y luego deseché. Otras que parecían ingenuas y resultaron ser oro. Cada semana, un poco más de criterio. Cada mes, un poco más de confianza.
Y junto a eso, una sombra que también crecía.
Si estaba leyendo bien la situación o si me había convertido en lo que de joven juré no ser. Vi terminar carreras de viejos compañeros y arrancar las de gente nueva, todo en la misma temporada, todo bajo decisiones que muchas veces firmé yo. Eso pesa. No te lo cuentan en los libros de management.
Es una mezcla de emociones que no tiene nombre limpio: orgullo, culpa, alivio, tristeza, esperanza, todo en la misma cucharada.
Hubo tristeza. Hubo soledad. Y al mismo tiempo, una alegría rara, la de saber que estaba actuando con bondad aunque pareciera frialdad.
La bondad real casi nunca se ve bonita por fuera.
Estoy hecho para estos momentos.
Los tiempos cómodos me aplastan. Me aburren, me apagan, me convierten en una versión peor de mí. Es en el problema, en la urgencia bien encarada, en la decisión incómoda tomada a tiempo, donde encuentro mi mejor versión.
Tardé 38 años en aceptar eso sin pedir disculpas.
Llegó una noche, en un hotel de Greensboro, Carolina del Norte. No podía dormir. Tenía junta a las 10 de la mañana con compradores americanos. Abrí la libreta de cortesía del hotel, esa que ningún huésped usa, tomé la pluma, y escribí nueve horas sin parar.
Sin plan. Sin esquema. Sin pensar que por fin iba a escribir mi libro. Solo un hombre desahogando lo que llevaba meses sin poder ordenar.
A las 8:42 de la mañana solté la pluma. Bajé a bañarme. Tomé café del lobby. Caminé a la junta.
Y por primera vez en mi vida, había escrito un libro.
Ama el Caos o Desaparece parece, en la portada, un libro de negocios. Habla del peso bailando, de los aranceles que reescribieron el comercio, de la IA que dejó de pedir permiso, de BANI, de geopolítica, de un mundo que cambió mientras la gente seguía en sus juntas de lunes. No es eso. O no es solo eso.
Es la fotografía de una etapa que sentí que iba a durar para siempre, hasta que la escribí. Y al escribirla, quedó por fin atrás.
Esa es la magia oculta de escribir. No inventas una realidad nueva. Le pones marco a la que ya viviste. Y al ponerle marco, la sueltas.
No es un libro para leer rápido y olvidar. Está fechado, crudo, con datos, sin endulzar. Pero está escrito desde un lugar que solo se alcanza una noche en que no puedes dormir y entiendes, por fin, que tu vida se está reescribiendo y tú no te habías enterado.
Va con mi nombre. Va con mi voz. Va con 38 años de mi mamá poniéndome libros en las manos para que algún día, en un hotel cualquiera, me atreviera a escribir uno.
Descarga mi e-book, Bienvenido al Caos.